Relato 23. “Por ser tú”. Autor: Alfredo García Portillo

“Y fueron felices y comieron perdices”… ese era el broche que cerraba cada unos de sus días, acompañado siempre con un beso de su madre. Apagaba la luz y poco tiempo después comenzaban a encenderse sus sueños.

Infancia, qué tapa más bonita, repleta de creatividad, inocencia, superhéroes y princesas que nacían de los cuentos.

Deseaba ser como ellos, ser invencible, tener superpoderes, mostrarse invisible tras cometer alguna travesura y sentirse querido como una princesa, estas últimas todas guapas, sin complejos ¿se quejarían de si mismas?

No era consciente de que aquellos “¡quiere ser como…!” que gritaba de niño, comer no comían, que la piel tersa no era mas que la fusión de un sesenta por cierto de blanco, ocre y una gota de rojo inglés, que los problemas no se solucionaban inmediatamente con una varita mágica y que el canon estético heredado de la Antigua Grecia, que caracterizaba aquellos personajes ficticios, no era más que una hipótesis nula rechazada por la ciencia del presente.

Afortunadamente en la escuela, su profesora Esperanza, siempre, le enseñó que todos debemos tener los mismos derechos pero que, en ocasiones, debía salirse de lo que la sociedad consideraba normativo. Para ello, le mostraba imágenes de pintores conocidos, en especial de gustaba Vicent Van Gogh, éste, a menudo se salía de las líneas, sin embargo, era uno de los pintores más reconocidos de los últimos tiempos, a pesar de que en un inicio sus obras tuvieron poco éxito.

Así fue como el pequeño Carlos, al igual que Van Gogh entendió, a medida que fue creciendo, que no era el personaje de ningún cuento y que nadie es perfecto, aunque la publicidad, a veces, le hiciese creer lo contrario.

A los doce años, el protagonista de nuestra historia realizó un proyecto, que gustó a sus profesores, que decidieron llevarlo al ayuntamiento. La alcaldesa, aunque nerviosa por la repercusión que pudiera tener el trabajo de Carlos, finalmente decidió ejecutarlo con la con la colaboración ciudadana.

El objetivo que el joven tenía con su proyecto era minimizar los estereotipos y la imagen distorsionada que muchos adolescentes, hoy en día, tienen sobre su cuerpo. Para ello, dibujó en un papel diez bocetos que se parecían a personas que él conocía, todos tenían tallas distintas, unos eran muy altos, otros estaban en sillas de ruedas… incluso a uno de ellos le faltaba una extremidad. Además, Carlos dibujó a cada boceto rasgos faciales de un país diferente por lo que en conjunto quedaban genial. Resultaba curioso ver como el pueblo se implicaba con ese proyecto tan humano como innovador.

En las última décadas, los espectadores y lectores han estado expuestos, a través de los medios de comunicación, a cuerpos esperpénticos para persuadir de las excelencias de cualquier cosmético o perfume. De este modo, muchas personas han ido interiorizando que un buen físico es igual a algo satisfactorio, positivo, moldeando, de esta manera sus hábitos y conductas alimenticias sin dudar en ningún momento en su fraudulento razonamiento, siendo estos la causa de algunos trastornos alimenticios. Por otro lado, están los gimnasios, grandes conductistas, haciendo creer, en muchos casos, al hombre más hombre por tener más músculos y al corazón menos humano pero más iluso, por dejarse guiar por modelos de yeso y madera, olvidando que somos de carne y hueso.

Quizás el proyecto de Carlos era lo que todo el mundo estaba esperando, pero nadie tenía el valor de hacerlo, por miedo a ser rechazados por una sociedad estereotipada en el pasado.

Según Isabel, la profesora de infantil de Carlos, éste siempre fue un niño muy extrovertido, con tan solo nueve años en una conferencia sobre el uso de internet en niños y adolescentes, Carlos le dijo al acabar: “Seño, miedo me da una sociedad que mire más al cuerpo que a los ojos, que sólo sienta con la piel y pocas veces lo haga con la razón, y, cuando lo haga, lo publique en las redes sociales buscando la aprobación de los demás en formas de “likes””. Anonadada por la madurez de las palabras del chico. La profesora escribió aquella frase en un mural y lo colgó en la pared, junto a los trabajos de otros compañeros.

No hay duda, que Carlos desde pequeño tenía claro que la sociedad, en la que le había tocado vivir necesitaba un gran cambio, pero ese cambio no podría llevarlo a cabo él solo, sino que debían implicarse más persona. Le resultaba difícil creen que de una idea tan sencilla como hacer maniquíes que se parecieran a personas de la vida real, pudiera llegar al corazón de tanta gente y, aún más, que estas empatizaran con su proyecto de aquella manera.

Hoy nuestro protagonista tiene 20 años, cientos de ideas para construir un futuro mejor, y una carta que le ha entregado al narrador de esta historia que dice así:

Querido lector, todo esto va por ti, por ser tú, quizás estas sean las palabras de que tú necesites oír y que nunca te ha escrito. Alguna vez, has tendido miedo de mostrar tu físico, por el qué dirán, que eres enorme por dentro y crees que no lo eres por fuera, que tantas veces has vestido de oscuro y te has cubierto con el pelo, tu maravillosa sonrisa para pasar desapercibida, sin saber que la heroínas también llevan capaz de grasa. Tú que pediste una ensalada, en aquel bar, cuando todos se pidieron hamburguesa y no eras consciente de que la vida no es integral. A ti, que sabes que aquel “gordito feliz” guardaba mucha tristeza dentro, y a ti, que por más bocadillos que comías no engordabas. A todos ustedes, dejadme anunciaros que la metamorfosis social va a llegar, tan pronto como yo entendí, a medida que fui creciendo, que no somos los personajes de ningún cuento.

Será entonces, cuando la belleza deje de medirse en “likes” y nos miremos con ojos limpios al espejo. Gritarán a destiempo los que hicieron apología de lo incorrecto y llorarán de felicidad los que mostraban, desde un inicio, sus defectos. Enjaulados quedarán os prejuicios, las críticas y los complejos. Se acabarán los retoques fotográficos a los famosos inexistentes que se muestran en los medios, serán los pinochos del siglo veintiuno, narcisistas, sin corazón con huesos. No morirá nadie por esto, ¡nunca más!

Entenderemos entonces, que la vida se vive en momentos, que desnudarse no era lo mismo que desvestirse, que solo en física se atraen los polos opuestos y que podemos ser felizmente imperfectos. Perdonaremos errores y aprenderemos de los nuestros. Personas completamente diferentes a nuestros ancestros.

Y lucharemos, todos a una, sin tener en cuenta la raza, religión o género. Seremos la revolución más humana de los últimos tiempos. Influencers honestos.

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