Relato 21.”Recuerdos de un diario”. Autora: Ana Badia Carrillo

Me entregó el diario cuando el final de su vida se acercaba. En la lejanía del túnel se veía una luz haciéndose cada vez mayor. En cualquier momento le cegaría y ella nunca más volvería a abrir sus pequeños ojos verdes. Yo nunca más volvería a disfrutar de su mirada. Eran tiempos de rememorar el pasado, de traer al presente los sentimientos escritos.

“Escribir en la mejor manera de seguir estanco cerca de las personas a pesar de la distancia, que no siempre es física. Escribir este diario para leerlo contigo en la vejez, para cuando la miradas bastante entre nosotras, pero las palabras falten”.

Súbitamente comprendí que la vejez nos había llegado; creí hasta entonces  en la eterna juventud.

“La vida es efímera. Vuela antes nosotros sin que seamos consciente de ello. Intentamos alcanzarla, seguir su paso acelerado, pero acabamos perdiendo el equilibrio y cayendo al vacío desolador de la pena y la decepción”.

Paré un segundo y levanté la mirada de la libreta que sujetaba entre mis manos. Le miré a los ojos. Se había convertido en rutina; sus  relatos siempre eran capaces de emocionarme; de hacerme llorar el alma; de tocar mi interior. Una rutina de años.

“No hay truco, ni hay magia. La vida es simplemente vida, pero los hombres la complicados inconscientemente. De lo bueno sacamos lo malo, y de los problemas hacemos montañas…”.

Dejé de leer, pero esta vez me quedé observando las letras, las palabras, sin levantar la mirada. Una oleada de recuerdos había invadido mi interior repentinamente.

Cerré el cuaderno y lo dejé con suavidad en la mesa. No sabía de donde había salido aquel diario, pero recordaba cuándo había sido escrito; más de cincuenta años atrás en esa mima ciudad, cuando conocí a Clara. Cincuenta años después, con las manos arrugadas y el cabello gris, se había decidido a entregármelo.

Miré a mi amiga,que asentía esperando mi respuesta. Yo tenía que decir; me apetecía hablar de la vida, del tiempo. sobre el pasado y el presente. Pero no de la misma perspectiva que en su diario; quería que cincuenta años después reflexionásemos sin miedo.

– Esto es arte, Clara. Tu eres arte –

– Creo que el arte me salvó – dijo.

– Nos salvó. A las dos. Nunca estuviste sola – le corregí. Ambas sonreímos. Me levanté a por el café que esperaba en la cocina y lo traje servido en dos tazas.

– ¿No crees que el café es mágico? – Poco había tardado en hacerme alguna pregunta inesperada, de esas que no tienen respuesta acertada.

– Creo que la magia está en las cosas bonitas. No se trata de buscar muy lejos, ni muy profundo. Tan solo de mirar bien las superficies, acariciar con ternura, dar besos sinceros, reírse de uno mismo. Y sí, supongo que el café es mágico –

– Mirar bien las superficies… – Repitió susurrando.

Sus ojos apuntaron hacia la libreta que reposaba sobre la mesa. en ella estaba escrita aquella historia que nos atrapó durante años. Luego me miró a mí, muy triste; como si después de tanto tiempo ella quisiese sacar al exterior el dolor que seguía pegado a su alma.

– En mi adolescencia no me consideraba una persona superficial.

– No lo eras – pero en tu vida se acumularon tantas cosas que pudieron contigo. No te culpes por ello ahora, no merece la pena lamentarse tantos años después.

– Pero estuve muy mal. Podría haberme pasado cualquier cosa ahora que lo pienso… La anorexia llego a controlar mi vida, como el ciego que es guiado por su lazarillo y pierde toda voluntad –

– Tu querías salvarte. Querías salir de aquello. Y lo hiciste. Eso es lo importante-

Aquella tarde estuvimos hablando, entre lágrimas y risas, de los cincuenta años anteriores; de la anorexia que durante un largo periodo circundó su vida y la de todos aquellos que la queríamos, y de la lucha que emprendió contra su propia mente encarcelada en un cuerpo renegado.

Se hizo tarde y me marché a casa llevándome el diario conmigo de regalo. Para mí era un tesoro, como su dueña.

Por la noche continué leyendo la historia desde donde lo habíamos dejado. Lloré como un niña. Lloré como una anciana. Aún a mi edad, 83, la vida me seguía enseñando cosas: que las palabras son salvadoras, que nos alivian de la tortura de tener que cargar solos con el peso de lo que sentimos. Las palabras, el arte, redimieron a esa niña. A esa niña que en las nubes veía elefantes y en los charcos veía mares. La existencia humana es inútil sin imaginación, y es que el mundo puede ser redondo  no. Y hasta que ese diario no había estado entre mis manos, el mundo seguía pareciendo redondo, sin ni si quiera cuestionármelo.

Me acosté entre lágrimas de emoción, orgullo y melancolía. Soñé con nuestra juventud y con aquellas conversaciones interminables. Nunca olvidaré sus palabras, aquella que me hicieron darme cuenta de que la solución estaba en sí misma y que solo ella tenía la luz que debía iluminar su sendero:

“… Yo no elegí tener anorexia, lo prometo. Pero a veces tu mente controla tu cuerpo más de lo que debería…”

Una vez me entregó el diario, no volvimos a hablar de ese tema en ninguna conversación, pero yo continué leyendo. cada vez que lo abría, me daba la sensación de que Clara no sabía cuánto la quería yo realmente, ni cuánto pensaba en ella; y yo no sabía que ella me quería tanto. Supongo que eso pasa siempre: que nunca llegamos a comprender del todo el interior de la otra persona.

Y al final, justo cuando acabé el diario, justo cuando comprendí el porqué de aquellos llantos inexplicables años atrás, se marchó. se fue con su sonrisa de siempre; orgullosa, feliz. Y lo más importante: sana. Se fue dándome el mayor ejemplo de vida a través de las palabras.

Mi amiga tenía razón: el arte nos salvó. a ella; de la anorexia. A mí; de la ignorancia vital.

Fue una artista. De corazón.

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