Relato 20. “La casa de los espejos”. Autor: Ulises Romero Santos

No era la primera vez que lo hacía. Si se sentía perdida en el largo tiempo de una tarde vacía o simplemente necesitaba respirar acudía a aquel rincón del mundo. Lo que algunos llaman refugio. No le tomaban más de 15 minutos en bicicleta llegar allí desde su casa. El camino se le hacía ameno contemplando cómo, a medida que llegaba a su destino, un halo de misticismo la abrazaba. Los árboles parecían esconder secretos, la casa de campo en ruinas permanecía impasible, como si aún siguiese habitada, y ta solo unas pocas aves compartían con ella el trayecto. Muchos encontrarían esto extraño e incluso espeluznante, pero ella sabía que no había nada más alejado de la realidad. Mirando aquellos primeros árboles deshojados comprendía que ya llegaba el otoño, que el tiempo seguía pasando, y que si los pájaros volaban en bandada era porque el mundo no se había parado, porque ella no estaba sola. Y eso le hacía sentir viva. Cada pedaleo la introducían a una soledad emancipadora, allí no escuchaba otra cosa que no fuese su propio impulso. Eva comprendía entonces que a veces debíamos detener más la mirada para ver lo que no se puede ser.

Dejando el camino atrás, no tardó en estar frente a su destino. Una gran casa se alzaba imponente ante sus ojos. Aparentemente, no albergaba vida alguna y ni siquiera sus alrededores parecían explorados, era un lugar olvidado y de pasado incierto que volvía a tener alguien a quien hospedar. aquella fachada, que un día fue símil de opulencia, ahora quedaba soterrada por una marabunda de enredaderas mustias por la que pequeños insectos pululaban. Su puesta se abría con sorprendente amabilidad, una amable patada en los bajos de la carcomida madera era suficiente. Ese día siguió el modus operandi habitual, pero tenía pensando hacer algo distinto.

En el interior, todo estaba como la última vez, un ordenado caos hacía entrever la antigüedad de los muebles allí yacentes. La mística atmósfera que se respiraba producía una sensación que inundaba la expectación a Eva. alguna que otra vez había intentad reordenar un poco la casa, pero no quería alterarla demasiado. Todo aquello parecía haber sido puesto ahí con sumo cuidado y luego abandonado a su suerte, como si los habitantes se hubieses esfumado de forma espontánea. El cambiar todo podría quitar el hechizo que impregnaba el lugar y era consciente de ello.

Desde las persianas maltrechas, algunos haces de luz conseguían colarse a cohabitar con ella el interior, posándose sobre la vieja mesa barnizada  y dejando ver como el polvo volaba libre por la estancia. Esto hechizaba a la chica. La combinación mágica de los elementos hacía que se pudiese intuir la propia forma del aire, un danzante invisible que podía sentir acariciándola. Se repitió a ella misma que a veces tenía que detener más la mirada para aquello que no se puede ver.

Normalmente, al llegar solía ojear algún antiguo libro esperando, quizás, encontrar el mapa de un tesoro o un secreto del pasado que en su tiempo hubiese sido inconfesable. Pero ese día no, tenía cosas que hacer escaleras arriba. Y es que, al contrario de las de abajo. las ventanas de la estancia de la segunda planta no tenían persianas que las protegiese de las tempestades, lo que había causado que ni el más perspicaz rayo de luz fuese capaz de traspasar la polvorienta capa que custodiaba desde hace tiempo el cristal. Trapo en mano no perdió el tiempo, un químico de fuerte olor la ayudaría a terminar con el problema de forma eficaz. Y así fue.

Aquella habitación nunca había brillado tanto. Por fin el sol volvía a ser bienvenido en aquella moqueta roja, los colores brotaban y un claroscuro duro perfilaba las formas. Un ventanal abierto permitía que una brisa silbante entrase melodiosa. Hasta el viviente polvo se animaba a salir en busca de nuevas formas invisibles que mostrar. Era la salda favorita de Eva. No era debido a las fabulosas vistas o la decoración, más cuidada que abajo, sino a que esta sola guardaba algo inusual. No se podía hacer una idea de cómo y porqué, pero la realidad era que aquella habitación era el lecho de unos imponentes espejos, algunos tapados por largas lonas rojas. Estos eran altos, algo gastados e incluso corridos en las partes cercanas al marco, el cual estaba tallado en ébano. El sol de aquella tarde incidía en ellos, haciéndolos titilar y proyectar sobre las paredes fulgores anaranjados. Eva nunca había visto esos espejos tan vivos.

Ella los solía visitar en la íntima oscuridad, bajo la luz de unas cuantas velas, ya gastadas.

Los espejos no eran normales. Cada uno era único y producía un efecto de deformación distinto en aquella que se mirase. Espejos deformadores en la segunda planta de una casa que antes había sida hogar, en mitad de la nada. Era ahí donde la magia del lugar se hacía manifiesta. Ya otras veces se había puesto delante de ellos, reflejándose en unos cuantos a la vez, cada uno desde una perspectiva distinta. Así conseguía multiplicar su forma hasta el infinito, pareciendo que el espacio se expandía a su alrededor y ella misma con él. Aquello le fascinaba. Una producción  formas sinuosas, otros agradaban sus ojos hasta poder apreciar los pequeños surcos del iris, los más deteriorados la empequeñecían o la elevaban de forma vertiginosa. Ahora, con la luz de nuevo en la estancia, el efecto se magnificaba. Aquel especial imaginario ya no se tornaban negro, sino que se hacía más infinito aún, pudo percatarse de un matiz cromático en sus ojos que nunca había visto, las líneas se intensificaban, entrelazándose entre los destellos del sol y el pulido a veces imperfecto de los cristales mágicos.

Se acompañó a sí misma con movimientos gráciles que se convirtieron en danza. No era la primera vez que bailaba con sus reflejos. Distintas formas de ella se movía rítmicas, cada espejo reflejaba una versión diferenciada del resto, cada parte cóncava de la superficie aportaba un matiz propio y describía un movimiento frenético de curvaturas indefinidas. Compartió, sonriéndose, su mirada con ella misma entre volteretas vaporosas.

Se paró en seco. Miles de posibilidades inundaban ahora la sala. Miraba a un espejo, luego a otro, luego a otro… sus formas eran tan cambiantes que no sabía definir cuál era la suya propia. Su imagen se había diluido entre los efectos y las perspectivas la hacían no saber ni a dónde estaba mirando. Entendió una cosa, una vez estuvo quieta todo quedó en el mismo orden, fue consciente de que se convirtió solo en movimiento. Supo entonces que era de ella de la que todo aquella procedía, el origen de las formas, de las danzas. Múltiples formas de su ser se expandían a su alrededor, pero todas emanaban de sí misma. Se produjo entonces un quietud en el lugar. Era ella la esencia de la aquello más allá de los reflejos y las superficies reflexivas. Ahora podía contemplarse lo más fiel posible, en un estado de no forma, en una momento de existencia pura. Fue entonces cuando Eva comprendió finalmente que a veces debemos detener más la mirada para ver que no se puede ver.

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