Relato 19. “El cuerpo a cuerpo”. Autor: Ignacio Lancharro Montiel

Se abrochó el último botón de la camisa y, sobre ella, se colocó su nuevo jersey negro. Agarró las llaves de casa mientas caía lentamente un hilo que se le había enredado en los dedos. Cerró la puerta, y comenzó a caminar por la acera. Esa nacho había quedado para cenar con Ana, y aunque iba con el tiempo justo, decidió ir andando.

Mario se había arreglado especialmente para esa noche. Se había pasado tanto tiempo bajo la ducha que las arrugas de los dedos aún persistían. Un WhatsApp de su madre le valió de espejo antes de salir de casa:

– Vas muy guapo.

Al doblar la esquina divisó las luces encendidas del restaurantes. Mario respiraba pausada y hondamente. Se acariciaban sus manos y esbozaba una sonrisa más nerviosa que ilusionante.

Mario llevaba cuatro años esperando esa cita. Cuatro años esperando esa noche y ese restaurante. Llevaba cuatro años de relación con Ana y, sin embargo, la iba a conocer esa noche.

Entró en el restaurante y el camarero le acompaño a la mesa. Anotó la copa de vino que Mario  le pidió y retiró el cartel de reservado. Cuando se alejó hacia la cocina, se sentó Ana.

La sonrisa abierta, el pelo liso, los ojos grandes, y la ropa estizando su cuerpo. Ana llegó, como siempre, arrebatadora. Con aramas de atracción y sus promesas de bienestar. Y pidiendo explicaciones:

– ¿Y este repentino atrevimiento de verme cuatro años después?

– Bueno, ese de repentino… Me he pensando mucho estar hoy aquí – Respondió Mario.

– Lo decía, sobre todo, por tu imagen. No parece que te hayas cuidado mucho para impresionarme.

– No tengo que impresionar a nadie.

– ¿Otra vez con lo mismo? ¡Claro que tiene que impresionar! La vida va de eso. Deja de soltar esas frases hechas que te dice tu loquero.

– Hace un año que ya no voy. Y de loquero nada. Yo no estoy loco. Yo estaba enfermo.

– Ya veo que voy a tener que recordarte qué eras antes de conocerme. ¿ya no te acuerdas de cuándo se en el colegio te insultaban por estar gordo? Menos mal que llegué yo para cambiarte.

– Es cierto que en el colegio me insultaban. Pero tú no llegaste con ninguna solución. Más bien, lo contrario.

– Ese lo dirás ahora, porque antes bien que te gustaba subir a Instagram las fotos que te hacías en la gimnasio. Y con cada like más te motivabas para dejar de comer.

– Ya no tengo Instagram. No necesito mostrarme como alguien que no soy.

– ¿acaso no te gustaba ser tan popular, y que todas las chicas hablaran de ti?

– Me gustaba. Es más, me obsesioné con eso. Pero ahora no necesito gustar a nadie, ahora mismo me gusto a mí mismo, que es lo más importante.

– Vaya… ¡cómo hemos cambiado! Voy a ir al baño a pellizcarme que no me lo creo – Ana se levantó a la vez que el camarero llegaba con la comida.

Sorteó las copas de vino, y dejó el tartar de salmón con aguacate en el sitio de Mario. Ana no había pedido nada.

– ¿aguacate? ¿sabes las calorías que tiene eso? – Preguntó Ana en tono de riño al volver del baño.

– Ciento sesenta. Tú me obligaste a aprenderme las características de cada alimento. Pero ya me da igual. Como lo que me apetece. Se acabó eso de vivir obsesionado.

– Lo único que vas a conseguir es volver a ser el hazmerreirde todos.

– Lo que quiero es dejar de ser el hazmerreir tuyo. Me llevé dos años obsesionado contigo. Mirándome constantemente en el espejo, encogiendo la barrigo, midiéndome cuánto podría haber perdido, pesándome cada cinco minutos, calculando las calorías que ganaba y perdía en cada cosa que hacía…

– Uy que quejica estás hoy.

– No. No me cortes. Me he llevado dos años leyendo testimonios en internet de personas que se cortaban los brazos y las piernas, y he deseado hacer lo mismo. Llegab a casa con ganas de llorar. Me encerraba en mi habitación todo el día. Y lloraba, solo hacía llorar.

– No he venido a oírte lloriquear. Voy a irme.

– No. Te quedas y escuchas. Llevo mucho tiempo queriéndome enfrentar a ti y no voy dejar escaparte. Tú no sabes lo que ha sido mi vida contigo. No podía comerme un pedazo de pastel sin pensar en cuántos abdominales debía hacer. Miraba los helados con miedo, cada carbohidrato era mi enemigo.

– ¿y todas las tías que has conseguido gracias a mí?

– ¿crees que eso me importa? Si no llega a ser por mis padres no sé dónde estaría en este momento. He pasado semanas hospitalizados por infecciones gastrointestinales. Mi madre me acampañaba al baño porque temía que después de ti, conociera a Mia. Tú no tienes ni idea por todo lo que he pasado.

– ¿entonces? ¿por qué tontas ganas tenías de verme?

– Ganas ninguna. Pero lo necesitaba. Tenía que decirte a la cara todo lo que me has hecho pasar. Tenía que decírtelo para que desaparecieras de un vez de mi vida.

– Después no vuelvas a buscarme…

– Seguro que no. ahora soy fuerte. Ahora me quiero mí. Me da igual si los demás hablan o comentan. Ya no me paso las horas llorando en el cuarto. Ahora sonrío, bromeo y disfruto de los vida. Y aunque, a veces, sienta miedo, ahora sí tengo ganas de luchar. Ahora quiero olvidarte, y por eso estoy aquí.

Mario apuró la segunda copa de vino. Y llamó al camarero.

– Dígame, ¿qué desea? – Preguntó el camarero retirando el plato.

– La cuenta, por favor – Respondió Mario.

– ¿No quiere postre, señor? Tenemos una tarde de tres chocolates exquisita – Sugirió el camarero.

– Gracias, pero tomaré el postre en casa – Respondió Mario sonriendo.

– Pensaba que tomarías ese postre – Dijo Ana con sonrisa irónica.

– Y lo tomaré. Pero prefiero hacerlo con mi madre. Tengo mucho que celebrar con ella – Respondió Mario con un tono más tranquilo que al principio.

– Te lo repito: después no vuelvas a buscarme cuando te sientas solo.

– No volveré a sentirme solo, porque me tendré a mí mismo siempre. Ya no me como a mí, ahora me como el mundo. Adiós Ana, hasta nunca.

Mario dejó el dinero sobre la mesa y se marchó. Al salir del restaurante estaba lloviendo, por lo que llegó a casa empapado. Llamó a la puerta y su madre le abrió.

– ¡Mario estás chorreando! – Exclamó su madre al verlo.

– Lo que estoy es aliviado. – Respondió Mario resoplando satisfecho.

– Es otro paso más, hijo, no el definitivo. Hay que seguir cada día.

– Lo sé, mamá. Pero es otro día más, y cada vez más fuerte. He mirado la anorexia de frente y le he dicho que le estoy ganando.

– Vamos a comernos el chocolate – Respondió su madre feliz.

– Vamos a comernos la vida – Concluyó Mario mirando de reojo al espejo del salón.

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