Relato 23. “Por ser tú”. Autor: Alfredo García Portillo

“Y fueron felices y comieron perdices”… ese era el broche que cerraba cada unos de sus días, acompañado siempre con un beso de su madre. Apagaba la luz y poco tiempo después comenzaban a Sigue leyendo

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Relato 22. “Otra mirada al espejo”. Autora: Paula San Juan Gutiérrez

Día 1.

8.00 am Abro los ojos, despierto. Todo está en sus sitio. Apenas hay ruido, aunque puedo intuir desde la cama el sonido de la cafetera. Empieza mi jornada.

Me dirijo al cuarto de baño arrastrando los pies, la mirada enfocada al suelo… Pienso: “bonito parqué”, noto que me pasan las pestañas me lavo la cara, subo la mirada y ahí de pronto me encuentro con mi reflejo en el espejo, se trata del primer contacto del día con mi propio rastro: “a ver como adecentamos esta cara”.

9.00 am. Subo al coche, pongo la llave, arranco y mientras calienta el motor, recoloco el retrovisor… “¡vaya grano asqueroso me acaba de salir!”. Salgo del garaje. La ciudad está despierta.

11.00 am. Al entrar a la oficina, el conserje me vuelve a recordar las ojeras que tengo “qué manía con decírmelo todos los días. Que ya lo sé… la cremas anti ojeras no me sirven para nada… pero sí solo fuera eso… entre los muslos demasiado gruesos, las piernas poco estilizadas, los michelines, el pecho plano…”. Trajín de papeles, de llamadas urgentes, de emails… hoy hay reunión de equipo. “Que elegante vuelve a venir la jefa. Yo también debería vestirme más a menudo así… Aunque a mi esa ropa no me va a quedar bien con este cuerpo… A ver si luego voy al gimnasio y quemo algo más de grasa”. Sigo trabajando.

13.00 pm. A comer. “¡que gran momento de día para tomar un descanso”. Charlo con mis compañeros del trabajo; hablamos del tiempo, de esto, de lo otro, y voy picando un poco de aquí y un poco de allá. Al acabar pienso que me vendría bien tomar un té (más bien un té rojo, pues he leído en internet que si tomas tres tazas de té rojo al día disminuyes los niveles de grasa en sangre y se baja de peso más fácilmente). Me faltan dos tazas más de té para depurar líquidos, para no acumular más grasa, para evitar el envejecimiento de los tejidos del cuerpo, para poder comprarme un modelito como le de la jefa, para empezar la operación bikini… blablablá…“¡¿Pero qué es esto?!”. PARO.

Llevo tiempo dándome cuenta de que tengo sobre mí una Conciencia aplastante. “¡¿Y este era mi rato de descanso?!… ¡estoy agotada!” Estoy cansándome ya de esta voz interior…

19.00 pm. Quedo con mi amiga Lola. Es un buen plan. me siento a gusto hablando con ella, y siempre me ofrece, lo que yo considero, buenos consejos. Le hablo sobre mi “Conciencia aplastante”. Juntas reflexionamos que se trata de una voz crítica, negativa, huraña, que cuando se activa se genera una sensación de desolación y vacío. Me doy cuenta de que esta sensación está demasiado instaurada en mí… Mi amiga Lola, también me lo nota y lo lamenta, porque ella piensa que soy genial.

¿Cuándo empezó a aparecer esta sensación de vacío? ¿A los 15?… no… ¿a los 13…? ¿Llevo 17 años criticándome? 17 años haciendo comentarios negativos de mí misma, 17 años comparándome con otros y queriendo ser diferente, 17 años repudiando mi cuerpo, 17 años quejándome de las facciones de mi cara… 17 años enfadándome con los espejos… más bien enfadándome con mi rostro… conmigo. Visto así, es desolador.

Lola y yo seguimos hablando, mientas mojamos la galleta que nos ponen de obsequio con el café, tratando de buscar causa a esta “Conciencia aplastante”… ¿será por la sociedad en la que vivimos? ¿los anuncios de televisión? ¿Ese ideal de belleza tan alejado de la realidad? ¿Los comentarios de mi abuela en las comidas familiares? ¿Aquel novio que tuve? … Lola me abre los ojos. Todos estos agentes externos no me van a solucionar ni a quitar esta Voz crítica interior. Tengo que ser yo. Se me debió de quedar cara de “¿qué quieres decir?”. Entonces Lola, me empieza a hablar de la Compasión y del cuidado hacia uno mismo.

21.30 pm. Vuelvo a casa. Voy directa al cuarto de baño. decidida y con energía me miro en el espejo. Ahí estoy yo, esa es mi cara. Rápidamente me vuelvo a sentir pequeña, porque automáticamente no me gusta lo que veo. se me baja la mirada, los hombres descienden, se me hace un nudo en el estómago, percibido un sentimiento de derrota. Tras unos segundos parada, me acuerdo de las palabras de Lola sobre la Autocompasión.

Vuelvo a alzar la mirada, y conecto con mi rostro. Sonrío levemente. Me digo: “tú (rostro) y yo, tenemos que ser amigas”. Siento una bocanada de calor que me recorre el cuerpo. Me resulta agradable. “Si es bueno que empiece a cuidarme, necesito darme cariño”. A los amigos que quiero, cuando los veo, me gusta abrazarlos; yo me quiero querer, me voy a abrazar. Me cojo de los brazos, de tal forma que siento como si estuviese recibiendo un abrazo. Me doy cuenta del sufrimiento que llevo cargando tantos años, conecto con ese dolor, con esa sensación de angustia. a pesar de estar dando cabida a ese sentimiento de desolación, me siento diferente, no me siento tan mal, igual es porque me estoy abrazando. Pienso en otras personas, que al igual que yo, también tiene esta conciencia aplastante sobre ellas mismas. Me identifico con gente conocida y con desconocidos, y percibo una sensación de unión en mi interior, como si el corazón se expandiese y llegara a más partes, a más personas. “No estoy sola, todos sufrimos de alguna manera u otra”. De repente, como si se me encendiera una bombilla, me doy cuenta de que con más razón, si sufro me tengo que cuidar y desear buenas cosas. Allí mismo, en mi cuarto de baño, frente a mi rostro y mientras sigo dándome calor con mis brazos alrededor del cuerpo, me deseo ser bondadosa conmigo misma. Me detengo un par de minutos, mientras esas palabras resuenan en mi conciencia: la verdad que estoy experimentando una sensación desconocida para mí, pero cálida. Me animo y me apetece desearme más cosas buenas:

“Deseo ser más bondadosa conmigo misma, deseo llegar a aceptarme y estar a gusto con conmigo soy, deseo estar tranquila y en paz”.

Día 2.

8.00 am. Abro los ojos, despierto. Todo está en su sitio. Apenas hay ruido, aunque puedo intuir desde la cama el sonido de la cafetera. Empieza mi jornada. Me dirijo al cuarto de baño arrastrando los pies, pero voy estirando y soltando el cuerpo. Me lavo la cara, subo la mirada y ahí de pronto me encuentro con mi reflejo en el espejo, recuerdo mis deseos de la noche anterior: “Buenos días amiga, a ver qué tal empieza la mañana de hoy”.

9.00 am. El conserje vuelve a mencionar que tengo cara de cansada, me da la risa por dentro, le sonrío, y me doy cuenta de que hoy he dormido estupendamente. Trajín de papeles, de llamadas urgentes, de emails… hoy hay reunión de equipo. “Qué bonito traje trae hoy la jefa. Hoy yo también me puse una bonita camisa, estoy elegante. En cuando pueda, me cogeré más camisas parecidas a ésta”. Sigo trabajando.

13.30 pm. A comer. “¡que ganas de hacer un descanso!”. Charlos con mis compañeros del trabajo, hablamos del tempo, de esto, de lo otro, y voy picando un poco de aquí y un poco de allá. Al acabar me acuerdo del famoso té rojo, me apetece, pero esta vez voy a saborearlo sin más.

Parece un día como cualquier otro, pero me siento diferente, no siento tanto la carga de la voz crítica, estoy más liberada. Lola tenía razón, mi sensación de angustia no va a cambiar si cambian los anuncios de publicidad, o la sociedad deja de juzgar al cuerpo. Mi sensación de angustia cambia, si yo cambio el trato hacia mí misma.

“Deseo ser más bondadosa conmigo misma, deseo llegar a aceptarme y estar a gusto con cómo soy, deseo estar tranquila y en paz”.

Relato 21.”Recuerdos de un diario”. Autora: Ana Badia Carrillo

Me entregó el diario cuando el final de su vida se acercaba. En la lejanía del túnel se veía una luz haciéndose cada vez mayor. En cualquier momento le cegaría y ella nunca más volvería a abrir sus pequeños ojos verdes. Yo nunca más volvería a disfrutar de su mirada. Eran tiempos de rememorar el pasado, de traer al presente los sentimientos escritos.

“Escribir en la mejor manera de seguir estanco cerca de las personas a pesar de la distancia, que no siempre es física. Escribir este diario para leerlo contigo en la vejez, para cuando la miradas bastante entre nosotras, pero las palabras falten”.

Súbitamente comprendí que la vejez nos había llegado; creí hasta entonces  en la eterna juventud.

“La vida es efímera. Vuela antes nosotros sin que seamos consciente de ello. Intentamos alcanzarla, seguir su paso acelerado, pero acabamos perdiendo el equilibrio y cayendo al vacío desolador de la pena y la decepción”.

Paré un segundo y levanté la mirada de la libreta que sujetaba entre mis manos. Le miré a los ojos. Se había convertido en rutina; sus  relatos siempre eran capaces de emocionarme; de hacerme llorar el alma; de tocar mi interior. Una rutina de años.

“No hay truco, ni hay magia. La vida es simplemente vida, pero los hombres la complicados inconscientemente. De lo bueno sacamos lo malo, y de los problemas hacemos montañas…”.

Dejé de leer, pero esta vez me quedé observando las letras, las palabras, sin levantar la mirada. Una oleada de recuerdos había invadido mi interior repentinamente.

Cerré el cuaderno y lo dejé con suavidad en la mesa. No sabía de donde había salido aquel diario, pero recordaba cuándo había sido escrito; más de cincuenta años atrás en esa mima ciudad, cuando conocí a Clara. Cincuenta años después, con las manos arrugadas y el cabello gris, se había decidido a entregármelo.

Miré a mi amiga,que asentía esperando mi respuesta. Yo tenía que decir; me apetecía hablar de la vida, del tiempo. sobre el pasado y el presente. Pero no de la misma perspectiva que en su diario; quería que cincuenta años después reflexionásemos sin miedo.

– Esto es arte, Clara. Tu eres arte –

– Creo que el arte me salvó – dijo.

– Nos salvó. A las dos. Nunca estuviste sola – le corregí. Ambas sonreímos. Me levanté a por el café que esperaba en la cocina y lo traje servido en dos tazas.

– ¿No crees que el café es mágico? – Poco había tardado en hacerme alguna pregunta inesperada, de esas que no tienen respuesta acertada.

– Creo que la magia está en las cosas bonitas. No se trata de buscar muy lejos, ni muy profundo. Tan solo de mirar bien las superficies, acariciar con ternura, dar besos sinceros, reírse de uno mismo. Y sí, supongo que el café es mágico –

– Mirar bien las superficies… – Repitió susurrando.

Sus ojos apuntaron hacia la libreta que reposaba sobre la mesa. en ella estaba escrita aquella historia que nos atrapó durante años. Luego me miró a mí, muy triste; como si después de tanto tiempo ella quisiese sacar al exterior el dolor que seguía pegado a su alma.

– En mi adolescencia no me consideraba una persona superficial.

– No lo eras – pero en tu vida se acumularon tantas cosas que pudieron contigo. No te culpes por ello ahora, no merece la pena lamentarse tantos años después.

– Pero estuve muy mal. Podría haberme pasado cualquier cosa ahora que lo pienso… La anorexia llego a controlar mi vida, como el ciego que es guiado por su lazarillo y pierde toda voluntad –

– Tu querías salvarte. Querías salir de aquello. Y lo hiciste. Eso es lo importante-

Aquella tarde estuvimos hablando, entre lágrimas y risas, de los cincuenta años anteriores; de la anorexia que durante un largo periodo circundó su vida y la de todos aquellos que la queríamos, y de la lucha que emprendió contra su propia mente encarcelada en un cuerpo renegado.

Se hizo tarde y me marché a casa llevándome el diario conmigo de regalo. Para mí era un tesoro, como su dueña.

Por la noche continué leyendo la historia desde donde lo habíamos dejado. Lloré como un niña. Lloré como una anciana. Aún a mi edad, 83, la vida me seguía enseñando cosas: que las palabras son salvadoras, que nos alivian de la tortura de tener que cargar solos con el peso de lo que sentimos. Las palabras, el arte, redimieron a esa niña. A esa niña que en las nubes veía elefantes y en los charcos veía mares. La existencia humana es inútil sin imaginación, y es que el mundo puede ser redondo  no. Y hasta que ese diario no había estado entre mis manos, el mundo seguía pareciendo redondo, sin ni si quiera cuestionármelo.

Me acosté entre lágrimas de emoción, orgullo y melancolía. Soñé con nuestra juventud y con aquellas conversaciones interminables. Nunca olvidaré sus palabras, aquella que me hicieron darme cuenta de que la solución estaba en sí misma y que solo ella tenía la luz que debía iluminar su sendero:

“… Yo no elegí tener anorexia, lo prometo. Pero a veces tu mente controla tu cuerpo más de lo que debería…”

Una vez me entregó el diario, no volvimos a hablar de ese tema en ninguna conversación, pero yo continué leyendo. cada vez que lo abría, me daba la sensación de que Clara no sabía cuánto la quería yo realmente, ni cuánto pensaba en ella; y yo no sabía que ella me quería tanto. Supongo que eso pasa siempre: que nunca llegamos a comprender del todo el interior de la otra persona.

Y al final, justo cuando acabé el diario, justo cuando comprendí el porqué de aquellos llantos inexplicables años atrás, se marchó. se fue con su sonrisa de siempre; orgullosa, feliz. Y lo más importante: sana. Se fue dándome el mayor ejemplo de vida a través de las palabras.

Mi amiga tenía razón: el arte nos salvó. a ella; de la anorexia. A mí; de la ignorancia vital.

Fue una artista. De corazón.