Relato 15.- “Rafael, el de la plaza de la Encarnación de Sevilla”. Autor: Onofre Huertas Ortiz

Se construyen las ciudades desde las historias y las leyendas, desde el  urbanismo, desde las vidas cotidianas de sus vecinos y vecinas y desde los actos de heroísmo y miseria.

El peso de estos avatares participa activamente en la construcción de la idiosincrasia de sus gentes. Las huellas de sus historias forman parte de las arrugas que sus callejas muestran en el plano de la ciudad y de los estilos y “dejes” de su ciudadanía.

Esta historia tiene que ver con Rafael, el de la plaza de la Encarnación, y, como tantos relatos populares, es difícil deslindar la parte de realidad de aquello que se adosó a ella como leyenda.

Rafael vivía en la calle San Juan de la Palma, frente a la Iglesia de La Amargura. Sin embargo, él no era tanto de la placita junto a la iglesia como de la plaza de la Encarnación a la que se llegaba recorriendo la calle Regina.

Si alguien le preguntaba por el criterio de su preferencia siempre la justificaba en base a que por la Encarnación pasaba más gente y que a la gente del barrio ya las tenía muy vistas.

Tenía por costumbre sentarse en un lateral  de la Plaza de la Encarnación  para, pidiendo un café con leche, ver pasar la mañana y a la gente que pasaba por la plaza.

Posiblemente si alguien reparara en él sería por su panamá de color natural, con toquilla de tela negra y copa napolitana. Era un sombrero espléndido sobre la cabeza de un hombre flaco de algo más de 70 años vestido con “cubana”  color blanco roto y pantalón recto de color camel que concluían en zapatos marrones de rejilla.

Levantaba Rafael el sombrero a modo de saludo descubriéndose levemente la cabeza a hombres y mujeres que, de modo aparentemente aleatorio, estimaba merecedores de su saludo.

Nunca repetía el saludo a las mismas personas, lo cual resultaba incómodo para las saludadas, pues no siéndoles conocido Rafael, la primera vez no devolvían el saludo, sin embargo si días después le hacían alguna señal de saludo no obtenían respuesta alguna.

Parecía Rafael de aquellos sevillanos que te acogen con los brazos abiertos en el primer encuentro, pero que son incapaces de dar continuidad a la relación, mostrándose ariscos y distantes si se hace el intento de mantener la proximidad establecida en el primer contacto.

Cuando se producían, eran saludos breves que, sin embargo, reformulaban las arrugas del rostro acartonado de Rafael. Algo cambiaba en su rostro y su mirada, algo que daba forma a un mirar cuyo resultado estaba más allá de lo que podía verse.

Algo que sólo Rafael sabía y que cuidaba con el celo y el temor a la pérdida que suele asociarse al paso de los años y al valor que se otorga al tiempo.

Sólo él sabía que su saludo al levantar el sombrero abría las cortinas de un escenario que mostraba a la persona saludada a la edad de los trece años. A la edad de esa adolescencia incierta que parece abrir la puerta a la vida adulta y que viene condicionada por años y experiencias anteriores que nunca terminan de ponerse en pie y que, cuando esto se hace posible, no termina nunca de distinguirse la línea que separa la realidad recordada de la realidad inventada.

Miraba a Rafael a las personas objeto de su interés y las veía con aquellos granos en la cara que tanto sufrimiento habían generado a los 13 años; con aquellos pechos, en algunos casos,  incipientes, que llevaban a adelantar los hombros para intentar ocultarlos; con aquellos kilos asociados a gordo y collejas; con dietas de lágrimas y disgustos ante el espejo; con flacos sin fuerza y narices, orejas, manos, pies y tantas cosas que, como las historias de las ciudades apuntan recuerdos en su callejero, en las personas dejan señas en el cuerpo y el ánimo que el paso del tiempo no borra y que sólo hay que saber mirarlas, o levantarse el sombrero con intención de saludar, para poder identificarlas.

Miraba a la gente y levantaba el panamá a modo de saludo y tras pobladas barbas veía el sufrimiento de los trece años en rostros barbilampiños, y tras un musculado Hércules identificada la pared de un patio de recreo en la que Hércules con trece años se apoyaba porque nadie quería jugar con él, porque era un gordo que no servía para formar parte del equipo.

Saluda amablemente levantando su panamá a señoras en cuyos labios apretados se adivinada la ausencia de sonrisas porque el espejo las secuestró y arrugas que encauzaban el malestar y la lágrima por no haber alcanzado la imagen perfecta que con tanta insistencia se había exigido por la moda, la publicidad, el hombre deseado y por ella misma.

Volvía Rafael a casa, confortado con sus visiones y justificado por el tiempo y la felicidad que había secuestrado a su propia vida.

Llevaba días ocupado en otras tareas. Ya no saludaba a casi nadie. Su saludo quedaba reservado para aquella mujer que, volcando a la plaza desde la calle Laraña por la acera de la iglesia de la Anunciación, había  entrado en el mercado de la Encarnación.

Él la había mirado y saludado levantando su sombrero, sin embargo ella no le había visto y por tanto no había podido verle la cara.

A veces no es la cara, ni la forma del cuerpo lo que convoca nuestra atención. No se activa el magnetismo necesariamente por las formas. Hay algo que,  más allá de los criterios estéticos asociados a la belleza, hacen atractiva a la gente.

Hay un magnetismo que tenía aquella mujer. Al menos, así lo pensaba Rafael y cada mañana, junto a su café, esperaba que ella apareciera camino del mercado para poder descubrir su rostro y su mirada.

Nunca concluía su recorrido bajo “las setas de la Encarnación” para aproximarse hasta Rafael que, resguardado tras su café, esperaba la ocasión para poder ver la imagen de los trece años de la mujer que se convertía en objeto de su atención.

Aquella fue una mañana especial. El día había sido complicado para Rafael y el reloj subió el listón para que el café dejara de ser oportuno y la cerveza de media mañana empezará a cubrir las mesas de la cafetería. Ella apareció y por primera vez Rafael pudo tener acceso a ver su rostro.

Miró. No buscaba sentirse atraído por la belleza o sorprendido por lo llamativo. Sólo quería ver aquella cara, que tan inaccesible se había convertido, para poder disfrutar de la lectura de su pasado. No pudo ver nada, no se produjo el efecto deseado. Se sintió nervioso mientras sus manos se ponían frías y empezaba a sudar. Algo había pasado. ¿Dónde quedaba su habilidad y los poderes de su panamá?

Volvió  a casa preocupado e inquieto. No se atrevió al día siguiente a volver a la plaza.

Días después y con la prudencia que se agarra al miedo como una garrapata en el cuerpo de un perro, volvió. Ser sentó. Dejó pasar el tiempo. Seleccionó y descartó. Por fin, nervioso y necesitado levantó el panamá para descubrir, a través de los ojos de una mujer que podría tener cincuenta años, a una chica con trece años se empeñaba en ser feliz  por saberse la más atractiva de la discoteca.

Se sintió seguro. Ni él, ni su panamá habían perdido nada de aquel secreto que había mantenido durante tanto tiempo.

Semanas después volvió a verla. La miró al rostro y siguió sin ver nada. La miró a los ojos y se sintió mirado. No vio nada, sólo sintió las manos frías y comenzó a sudar. Se dejó ir y se relajó en el asiento en el que estaba sentado.

Dicen que Rafael murió por haber mirado a la muerte a los ojos. Alguien encontró el panamá y lo llevó a vender en el mercadillo del jueves en la calle Feria, pero esa es otra historia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s