Relato 11.- “El reflejo que hay en ti”. Autora: Ana Cebrero Rodríguez

Cuando Julia nació, entre los regalos que recibió apareció un pequeño espejo de color rosa. Era un espejo sencillo sin ningún adorno, solo su nombre grabado en el marco superior.

Julia fue creciendo y también lo hizo el espejo, en los bordes del marco aparecían grabados sus logros y sus fracasos, y en el centro su propio reflejo.

Cuando Miguel nació, también apareció un pequeño espejo azul junto al resto de regalos de su nacimiento. Y al igual que en el caso de Julia, en este también aparecían sus éxitos y sus derrotas, también le devolvía su propio reflejo.

Ambos crecieron y con ellos los espejos, sin embargo estos cada vez reflejaban más lo que sus familias y la sociedad esperaba de ellos que la pureza y la inocencia de sí mismos como cuando eran niños.

El espejo de Julia refleja una mujer con sobrepeso el cual debía perder, una imagen de ama de casa que se interponía con sus deseos de viajar y no tener familia, unas arrugas marcadas en su cara por cada disgusto y sentimiento reprimido.

El espejo de Miguel reflejaba un hombre sin una musculación marcada, sin más ambición que la de tener un empleo estable y pasar desapercibido por la sociedad y unas ojeras que contenían todas las lágrimas que nunca le habían dejado derramar.

El destino, la casualidad la fortuna o simplemente la propia humanidad que acaba uniendo a las personas hizo que se encontraran. Ambos se miraron en el espejo del otro.

– Me gustan tus brazos, tus piernas, tu pelo desaliñado, tu torso enjuto y tus manos callosas de trabajar.

– A mí me gustan tus curvas, tu estatura es perfecta para robarte un beso, me gusta que tengas ambiciones y que no seas conformista. Me gusta que cada una de las arrugas que te surcan el rostro cuenten una historia en la que te levantaste y seguiste luchando.

– Yo cuidaré de ti.- Dijo ella.- Escucharé tus preocupaciones y secaré cada una de las lágrimas que no pudiste llorar.- Y Miguel lloró durante días abrazado a Julia.

– Viajemos juntos, dejemos todo atrás.

Hicieron las maletas ahora mucho menos pesadas que antes y salieron por la puerta de la mano, solamente quedaron en aquella habitación los dos espejos olvidados que nunca más reflejaron los rostros de las personas a las que en su día pertenecieron.

                                                                                                                        Ana Cebrero Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

Ana Cebrero Rodríguez

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