Relato 10.- Cuando empezó todo. Autor: Rafael Angel Maqueda

Noté en su mirada cierta perplejidad, adiviné que miró la pantalla del ordenador para asegurarse del nombre y cotejarlo con el del papel que leía; luego elevó sus ojos por encima de sus gafas, inclinando la cabeza y me preguntó la edad.

Yo no debía estar preocupado, era un examen ordinario que me exigían para el nuevo trabajo y mi aspecto físico ya denotaba mi buena salud, y sin embargo la actitud del médico me inquietó.  Inquietud que fue detectada por el doctor que,  al percatarse de ello, abandonó su actitud seria y dubitativa para dirigirse a mí en tono amable y tranquilizador e intentó clarificar la situación. Los análisis no estaban nada bien, yo ya lo tenía claro,  por lo que a continuación el profesional me hizo varias preguntas sobre mi estado físico actual, sobre mi infancia y enfermedades pasadas, a las que iba respondiendo cada vez con mayor extrañeza. Me daba cuenta de que ya no sabía si estaba contestando correctamente o si al menos entendía bien las preguntas; quería saber qué estaba pasando, por lo que tuve que interrumpir el interrogatorio, armarme de valor y hacerle la tópica pregunta, y sin saber si realmente quería oír la respuesta:
– ¿Tengo algo grave, doctor?

Se hizo un silencio, me di cuenta que ahora era el médico quien estaba incómodo y vacilante. Estaba claro, era una pregunta comprometedora armada de dos filos… él no quería apresurarse con una dudosa esperanza o con una precipitada e innecesaria crudeza. Me respondió lo que cabría esperar…que era pronto, que necesitaba más pruebas, que podía ser un error y todo acompañado de los manidos,  ¨tú tranquilo” y ¨no te preocupes”. No, no podía tranquilizarme…no, no podía dejar de preocuparme. Al fin se abrió, expresando en voz alta sus dudas y barajando posibilidades, y me explicó que mis riñones no funcionaban bien sin tener muy clara las causas. Noté como la sangre me subía a la cabeza. Es cierto que en la infancia tuve algo que me afectó a los riñones o al hígado, no lo recordaba; de pequeño yo era un niño enfermizo y padecí enfermedades que yo ya creía curadas. Lo peor, lo que más atenazó mi corazón, era que yo sí creía saber lo que me estaba pasando.  A partir de aquella visita al médico, mi vida cambiaría; a partir de aquel día, la vida me cambiaría.

                Y ¿cómo era mi vida?,  creo que todo empezó años atrás cuando llegué a un nuevo colegio, al haberse mudado mis padres.  Yo era un niño delgado, bajito, estudioso y como, decía mi madre, un niño bueno; ya no estaba con mis antiguos compañeros que conocía desde la guardería. En este colegio realmente me sentía solo, solo y despreciado por todos…y por mí. No estaba dotado de facilidad para el deporte y en clase de gimnasia era un blanco fácil de las mofas más comunes. Yo aceptaba mi escuálida constitución y debido a ello asumía que pocos amigos se atreverían a admitirme como tales. Caía enfermo frecuentemente, lo que para mí llegó a convertirse en una salvación para evitar tener que ir a clase. Deseaba estar enfermo y quedarme en casa; allí solo, para lamentarme de mí, de mi cuerpo, de mi salud. Mirarme al espejo era un suplicio, lo que motivaba la despreocupación por cierto decoro en mis atuendos diarios, alimentando así el rechazo de los demás. Fui creciendo y también mi cuerpo fue desarrollándose por la acción de las hormonas, tardías pero efectivas. En mi aislamiento creció un desmesurado interés por los héroes musculosos de los comics, videojuegos y películas de acción. Todos los héroes hacían el bien, castigaban a los malos,  eran fuertes y además perfectos físicamente.

                Cuando comencé bachillerato y cambié de centro, mi autodisciplina para el estudio derivó en autodisciplina para mi cuerpo. Ahora la cosa sería diferente, ahora sí me admitirían. Todo el verano lo había dedicado a hacer deporte y fortalecerme. Efectivamente no me había equivocado, pensé; mi cambio de aspecto físico dio sus frutos y no sólo por la buena acogida que tuve de mis nuevos compañeros, sino por la aceptación de mí mismo. Ahora sé que me estaba engañando; era mi aprobación de mi yo sin complejos la que rompía mis miedos para ser aceptado por los demás. No tardé mucho en frecuentar reuniones con otros chicos que iban al gimnasio. Ya todo fue imparable: horas y horas de musculación en gimnasios, dietas hipercalóricas, batidos hiperprotéicos, etc., etc.;  Por fin me sentía bien conmigo mismo y los demás también: chicos y sí…también chicas. Ya me miraba al espejo, y  el espejo me devolvía un cuerpo atlético, pero no lo suficiente…nunca era suficiente. La consecuencia no se hizo esperar y pronto contacté con personas que me suministraron esteroides anabolizantes.  La suerte estaba echada y los dados no me fueron favorables. Me estaba dañando el cuerpo, pero era mi mente la que había enfermado antes por anhelar una autoimagen imposible.

                Sí,  aquel día en la consulta que cambiaría mi vida, realmente había cambiado yo. Ya sé que nosotros somos algo más que un cuerpo que se refleja en un espejo. Lo espejos sólo revelan cómo estamos, no cómo somos. Para reconocer cómo somos debemos mirar dentro.

Ahora estoy esperando en la consulta de Nefrología. Sólo espero que sea todo reversible; pero no estoy solo, me acompaña una persona que supo reconocerme debajo de una capa de vacuos músculos hipertrofiados.

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