Relato 8.- Reflexiones y vivencias sobre la imagen y la salud de una mujer que pasó el ecuador de la vida y se encuentra más cerca del Trópico de Cáncer. Autora: “La Piscucha”

La imagen, mi imagen, recuerdo desde muy pequeña, era la menor  de todas las niñas, de entre  todos mis parientes  de parte de madre y de padre y llegué  un  mes de abril como agua de mayo porque era la niña esperada, por fin, después de varios varones y algunos intentos  fallidos. No me faltaba de nada, madre, padre, abuelas y tías me proporcionaban aquello que necesitaba, era la niña de sus ojos.  Mi tía la modista me facilitaba los últimos modelos en ropa vestía como una burguesita sin serlo.

Pero algo  se torció porque en mi pubertad, un familiar que vivía allá por el África vino a traerme un regalo; una pulsera de oro con mi nombre grabado, recuerdo que me dijo el motivo: porque comía  más.  Yo no recuerdo tener complejo de gorda en absoluto, pero sí recuerdo imágenes de violencia, no hacia mi persona, nunca,  sino hacia otras mujeres de mi  entorno familiar, quizá quería extinguirme para no pasar por ese calvario cuando fuera mayor.

Durante mi infancia y la pubertad estuve en varios colegios de monjas, fui la última generación de los puchos, aquel uniforme tan incomodo para hacer ejercicio físico, el pino, las volteretas en la colchoneta, el salto del plinto; uniforme compuesto de una camisa de manga corta sin botones, ni cremalleras, para no hacernos daño claro; unos puchos: pantalón  por encima de la rodilla sujeto por un elástico en su extremo y para rematar  una falda plisada encima para diluir las formas. ¡¡¡ Qué bonito!!! (Leer con ironía).

Cuando llegué a la adolescencia, la época del sarampión, en la que no te sientes del todo bien en tu piel, las piezas no encajan pues los estereotipos  que hemos ido interiorizando  y el inconsciente colectivo  te dice dónde estás y donde deberías estar. La verdad es que siempre tuve espíritu crítico, pero a veces la presión u opiniones de algunas personas que para mi tenían importancia en mi vida, sobre todo de mujeres, cuánto daño nos hemos hecho entre nosotras, por qué no incluirme yo también, una no es una santa. En  esa época mi tía la modista me seguía confeccionando modelos exclusivos que copiaba de aquellos traídos más allá de los pirineos.  Yo ya comenzaba a tener mis propios gustos y como que me revelaba un poco a ponerme algunas cosas. Cuando iba a tomarme medidas mi cuerpo no era noventa, sesenta, noventa, que según los estándares de la moda eran las medidas perfectas, estábamos muy bien informadas, pues éramos del gremio; yo de  aprendiza durante algún  tiempo, para sacarme un dinerillo y salir con mis amistades, haciendo el reparto, en mi tiempo libre, de la ropa que en el taller de mi tía se confeccionaba.

En la  universidad  me hice amiga de una chica que tenía el mismo complejo que yo, ya os podéis imaginar por donde voy. Hablábamos de ello sin complejos, imaginábamos como serian si nos sometíamos a una operación de cirugía. De pequeña me metía los calcetines de mi padre y de mis hermanos, porque eran más grandes que los míos; ja, ja, ja, ja…  Estoy  hablando, claro, de los pechos femeninos.  Pero  llegamos a la conclusión de que no valía la pena, ya nos había costado hacernos con nuestra imagen, a aceptarnos tal como éramos, para ahora tener que empezar de nuevo como  una compañera que se opero del tabique nasal y se quito la nariz de loro que tanta personalidad le daba.

Ay  la imagen, la moda y el vestido, cuántos problemas nos daba antes de salir a la calle En aquella época, no pasaba lo que en épocas anteriores, en donde  las chicas tenían solamente un vestido de fiesta y la ropa de diario, ni como sucede  ahora con nuestras hijas, que abren el armario y se les cae la ropa encima de la cantidad que tienen. Como decía, en mi época no sufríamos ni  por  defecto ni  por  exceso de ropa, al menos yo.  Pero a pesar de ello sufríamos como ahora el hecho de pensar que ponernos antes de salir, de cambiarnos de modelo veinte veces, de consultar con tú madre, ahora menos, ahora son las amigas, si te quedaba bien o no. Si ibas vestida de forma correcta para la ocasión.  Ah y sin olvidar una cosa importante, siempre aparecía en el pensamiento la figura del hombre al que agradar, fuese  amigo, novio, profesor o vecino.  Si porqué no reconocerlo si de siempre nos ha influido el qué dirán porqué ocultarlo. Estoy llegando a un punto interesante de mi reflexión sobre la imagen y la salud: El erotismo y la sensualidad forma parte de la vida, pero cuando esto se utiliza para dominar, para minusvalorar a la persona  como sucede en la imagen que se ha transmitido sobre el vestido y los aderezos  a lo largo de nuestra historia pasada, presente y ¿futura?  En parte dependerá de nosotras porque esto nos afecta más a las mujeres que a los hombres

Hago uso de la moviola del recuerdo y me remonto  a las costumbres mas ancestrales relacionadas con la imagen de la mujer, sobre el concepto de belleza que de esta se  ha tenido a lo largo de la historia en las diferentes culturas. Eso lo aprendí en un álbum de cromos que uno de mis hermanos aficionado a los coleccionables tenía.  Mujeres jirafa;  mujeres chinas, con “el pie de loto”;  mujeres de  Etiopía y Sudán con la boca plato; y luego yo añado a la mujer occidental y el fetichismo por los tacones altos, y lo último de lo último la mujer palo, la llamo yo, con esa delgadez que tiene que pasar dos veces cerca de ti para notar su presencia.  Modelos que hacen que el  cuerpo se vea  en una piel  que no le corresponde.

Y con esto no quiero decir que  esté en contra de la moda, del vestido, pero si como se ha entendido hasta ahora. La  moda tiene que estar al servicio de las personas que se ajuste el modelo a la modelo y no al contrario. Y sí hablo más de nosotras es porque  los cánones de belleza   nos  han encorsetado más  que a los hombres.

Y haciendo  de nuevo referencia al uso y costumbres sobre la imagen y nuestro cuerpo viví  un tiempo  en Centro América y hablando un día con un grupo de mujeres sobre las costumbres y modas  que nos hacían parecer diferentes; pero que en mi opinión eran versiones distintas  de lo mismo. Ellas iban siempre cubiertas con una toalla cuando se exponían al sol, su piel era morena y muy  bella para mi gusto.  Me comentaban  que si no tomaban el sol su piel parecía menos obscura; para ellas tener una piel obscura era un complejo. A mí me decían que era muy bella, yo la verdad no me considero  ni fea ni guapa, aparente como me decía un amigo. Y ya entendí en qué sentido aplicaban el termino de bella, mi piel era muy blanca, tanto que la que tendría que usar toalla para no quemarse era yo.  Y luego yo les contaba que en mi país la gente se tumbaba al sol horas y horas para ponerse morena.  Esto les hacía reír, se imaginaban a las personas tumbadas al sol como lagartos, vuelta y vuelta como la tortilla de maíz, les decía yo. Al parecer  nadie está contento con lo que tiene.

Después de la infancia, de la pubertad, de la adolescencia, de la juventud, de la etapa adulta, de la primera  madurez en donde se adquieren algunos roles que pueden ser opcionales, me refiero a la maternidad. Ahí también ha habido  todo un mercado de la moda. Algunos ejemplos: modelos en los que parecíamos una autentica mesa de camilla, con lo que eso favorece, a tener que enseñar la barriga y ese ombligo que va a estallar, y que para disimularlo se han puesto de moda ponerles carita a las barriguitas, me van a perdonar, pero ni lo uno ni lo otro.

Y en este vaivén fugaz me ha venido el recuerdo de mis dos abuelas. Entonces las telas se tintaban de colores, en la mayoría de los casos se tintaba de negro. Ay mis abuelas, las recuerdo siempre vestidas de negro, cada perdida de un ser querido, ale a vestir de luto riguroso. No, recuerdo que  una de ellas, la abuela paterna, algunas veces vestía  blusas de colores  claros y la materna,  siempre  llevaba puesto un delantal  de cuadros blancos y negros.  Las dos tenían algo en común: el roete en el pelo.  Ambas tenían una  melena larga, de  color entre blanco y ceniza, les llegaba hasta la cintura, la cual cepillaban a diario y trenzaban haciéndose posteriormente un  roete, todo un arte.  Yo me quedaba extasiada ante ellas, el tiempo se detenía. En la actualidad la imagen de las abuelas ha cambiado.  Las mujeres mayores  tienen una imagen más alegre, más viva, pero ojito que mis abuelas a pesar del vestir siniestro  y de tener que recomponer el roete a diario, fueron mujeres vitales y alegres hasta los últimos días de su vida.

Bueno y en el momento que ahora me encuentro, visto como quiero, las telas ya no son las de antes, de eso sé un poco, reciclo y acepto alguna  ropa de mis amigas, cosa  que no hice  de joven, pero eso si tengo que sentir que la prenda que uso es prolongación de mi piel,  soy exigente con las texturas, formas que se adapten a mi cuerpo, sencillas y  con un toque de originalidad en los tonos y estampados.  Y  sigo poniéndome a veces delante del espejo,  para convencerme de que esa es la imagen que yo quiero. Ahora tengo asesoramiento  de imagen nuevo, en el pasado mi madre, en la actualidad mi hija y mi hijo, que con verle las caras ya me han dado toda la información que necesito.

Espero llegar a la tercera madurez  y seguir contando….

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