Relato 3.- “Jenny en el Reina Sofía”. Autor Norberto González Navarro

“Es que se querían”, apenas me atreví a defender.

Ya me había amenazado con antelación: “Tú te subes a la burra, cuando te lo diga; te bajas de la burra, cuando te lo vuelva a decir, y mientras tanto de tonterías las precisas”.

Ciento veinte y kilos de gimnasio se me enfrentaban; pocos menos de los míos, salvo que los míos tenían una forma que podríamos describir como con algo más de rotundidad en las formas y los volúmenes. Hay que ver lo que se aprende siendo vigilante en un museo, pensé.

Aun a pesar de que pudiera no ser digno de llevar el uniforme de vigilante, frente a la marcialidad de sus insignias como policía nacional, no por ello me iba a marcar nadie el ritmo de mis cabalgaduras sobre la burra.

Más allá de subirse a la burra o bajarse de ella, “es que se querían” seguía repitiéndole a media voz.

Le dejo a esta “joyita”, le dijo a la psicóloga refiriéndose a mí.

Me conocía los protocolos de proximidad: la empatía, la mirada, las manos encima de la mesa. Coño, yo era el vigilante de la sala principal del Reina Sofía. En un día trataba, de una u otra manera, a mucha más gente que aquella psicóloga iba a atender en diez años de su vida. Una vida perdida en su profesión no tenía precio que pudiera ponérsele, un cuadro perdido en la mía no había dinero para pagarlo.

Miré a sus manos y, al ver que no llevaba anillos, le dije: “Mire señorita, sé que se querían. Lo sé. Y es que se querían”.

“Podemos parar un momentito”, me pidió ella con una voz capaz de parar el mundo por todo un siglo. “¿A qué se refiere Vd. cuando dice que se querían?”

Le digo que se querían porque él la miraba con los mismos ojos con los que la miraba yo. El la quería igual que yo la quería, pero eso sé que no hubo nadie más. No fue más que un encuentro entre amantes, a pesar mío.

 

El 3 de octubre de 1.996 se presentaba en el Museo Reina Sofía una exposición de cuadros de Amedeo Modigliani.

Desde el primer día que ví a Jeanne Hébuterne me quedé prendado de ella. Su cuello de cisne, su cabello castaño, su ligera bizquera en el ojo derecho y aquella forma de mirar  en la que invitaba a buscar significados desde su rostro con forma de pistacho. La caída de sus párpados eran como cuando lanzas el edredón al aire para estirarlo sobre la cama en la que piensas dar cobijo a tu amada.

Fue todo un éxito desde el primer día. Era a mi Jenny a la que iban a ver con sombrero o sin él, con collares o sin joya alguna. La razón de las colas que se formaban no tenía por justificación el pincel de Amedeo, antes bien, las colas venían justificadas por la presencia de Jenny en sus cuadros.

No sé por qué, y posiblemente si hubiera que justificarlo sólo tendría por razón la negligencia, aún quedaban restos de aquella exposición que  se inauguró años antes sobre la obra de Botero.

Nunca terminaron de convencerme aquellos gordas y gordas de Botero.. “Ji, ji, ji; ja, ja, ja. Señalaban los niños ante los gordos de Botero. “Mira mamá, el vigilante como los gordos de Botero”.

“Como gordos son “los compañeros” de tu santísimo padre, hijo de la catísima señora que te trajo al mundo”, decía yo mordiéndome la lengua. Eso sí, mirando con mucha empatía y una sonrisa a lo Pantoja.

Lo decía así porque me temía que alguien pudiera leerme los labios y pudiera decir que le había faltado al respeto poniendo en palabras lo que de verdad pensaba. Es la ventaja que tiene ver mucha televisión deportiva que aprende uno a cómo hablar sin mover los labios o cómo taparse con la mano o lo que se tercie. Hasta para insultar hay que ser respetuoso.

Desde el primer día Jenny me atrajo, tanto que hasta me levantaba de mi silla y apoyándome en la pared la miraba desde el fondo de la sala para hacerle saber que, más allá de cuarenta japoneses, treinta franceses, veinte ingleses, otros tanto italianos, algún guiri que sería de los países del este y una familia con dos niños que  debía venir de provincias, más allá de tanta chusma estaba yo para mirarla a ella.

Jenny con su estrabismo me elevaba más allá de las realidades y las rutinas cotidianas, de la rotación de los horarios laborales y de la actualización de las pagas complementarias.

Nunca me gustó Botero.

Menos aún me gustaba aquel gordo del bigotillo que, teniendo a una señora rubia echando la siesta a sus espaldas y con su traje azul y bigotito, no quitaba el ojo a mi Jenny.

Debo decir en su favor que desde el primer momento él mostró su anillo de casado, pero es que mi Jenny, eso sí que buena es como la primera y como me mira es para derretirme, mi Jenny,…, es como es.

Yo sabía, porque lo sabía de buena fuente, porque esta casa será muy grande, pero en esta casa todo se sabe, en fin, que lo sabía porque me lo habían dícho.

Y me habían dicho que, por fin, los gordos de Botero los devolvían a Colombia. Loado sea el Santísimo Sacramento del Altar. Aleluya, aleluya. Un poquito de por favor y que corra el aire. Anda alma mía, vete a reconquistar las Américas y deja tranquila a mi Jenny.

Un día más, una noche más y saber que mi Jenny y yo tendríamos hasta primeros de enero para seguir hablando sin palabras, sólo mirándonos a los ojos.

Era la última noche sosteniendo la distancia y la presencia de quien deseaba por ausente de aquella muestra de Botero.

Sólo puedo decir “es que se querían”. No me pidan que explique  cómo, aquel amanecer en mitad de la sala de exposiciones, el cuadro con el gordo de Botero reposaba plácidamente sobre el suelo en mitad de la sala junto al cuadro de mi Jenny. No hubo intento de robo. No se vencieron las alcayatas. No hubo fuerza, ni violencia. Sólo el gordo junto a mi Jenny y alrededor el resto de los retratados en los cuadros sonreían.

“Es que se querían”, le dije.

“Es que yo también la quería”, concluí.

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